El 30 de julio de 2026, alrededor de 80 000 migrantes cruzaron la frontera que separa a Marruecos de Ceuta, ciudad autónoma española ubicada en el norte de África. La mayoría regresó al territorio marroquí al día siguiente, pero miles —todavía no se sabe con exactitud cuántos— se asentaron en playas y bosques de la ciudad, y aspiran a permanecer en Europa como refugiados. Al cabo de un mes, la tensión entre migrantes y españoles sigue al rojo vivo.
La doctora Yaumara Socarrás Blanco estaba de guardia el día que comenzaron a llegar los migrantes. Nacida en Camagüey y casada con un ceutí, trabaja en el servicio de Urgencias del Hospital de Ceuta, el único de la ciudad. «Estábamos dentro del hospital trabajando y, al principio, no teníamos ni idea de lo que estaba sucediendo fuera», cuenta a elTOQUE. «De repente comenzaron a llegar muchísimos pacientes prácticamente al mismo tiempo, muchos de ellos con heridas y traumatismos».
Agobiados, desbordados, los médicos del lugar escucharon con indignación a la ministra española de Sanidad afirmar, el 16 de agosto, que en Ceuta no había un «colapso sanitario». Fue la gota que colmó el vaso. Socarrás y otros médicos salieron a protestar.
Entrevistada por el periódico español El Debate, Socarrás afirmó que ella y su equipo atendían a 300 migrantes diariamente, sin contar a los pacientes ceutíes. Advirtió que muchos venían enfermos desde Marruecos y otros países —Argelia, Túnez y varias naciones subsaharianas—, y que la comprensible falta de higiene y la vida en la intemperie desencadenarían más padecimientos.
Además, los médicos lamentaban la desatención y las demoras del Gobierno español, cuyo presidente, Pedro Sánchez, estuvo en Ceuta el 31 de julio, solo para desaparecer 27 días: se había ido de vacaciones. Esta ausencia y las problemáticas declaraciones de varios de sus ministros han desatado un gran número de críticas, sobre todo por parte de quienes, como Socarrás, han vivido la crisis en primera persona.
«Empezaron a llegar ambulancias una detrás de otra y fue a medida que avanzaban las horas, hablando entre los compañeros y viendo la magnitud de la asistencia que estábamos prestando, cuando fuimos entendiendo realmente lo que estaba pasando en Ceuta», recuerda la doctora.
Al cabo de varias semanas se han ido instalando algunos campamentos gubernamentales para migrantes y tramitando solicitudes de asilo, pero el proceso es extremadamente lento. Ahora la situación está más calmada, pero no porque haya mejorado sino porque los ceutíes se han resignado al nuevo ritmo de las cosas. «Los primeros días fueron un caos», explica Socarrás. «Y digo caos no solamente desde el punto de vista asistencial, sino también humano. Fueron días de muchísimas emociones desbordadas: temor, incertidumbre, angustia, cansancio y muchísimo estrés. Teníamos que continuar atendiendo a nuestros pacientes habituales y, al mismo tiempo, hacer frente a una situación que había aparecido prácticamente de un momento a otro».
Viven en un «caos organizado», como lo define Socarrás. «Conocemos mejor a qué nos enfrentamos y hemos ido aprendiendo a desenvolvernos dentro de esta nueva realidad. La situación no termina cuando sales del hospital. Terminas tu jornada, llegas a casa y esa tensión no baja, porque lo que está ocurriendo también lo estás viviendo fuera del ámbito laboral, en la calle y en los barrios… es difícil desconectar».
Qué deben aprender los cubanos de Ceuta
Junto con Melilla —otra ciudad autónoma—, Ceuta es territorio español en África. Durante el siglo XIX, cuando Cuba era también parte de España, la palabra Ceuta evocaba connotaciones siniestras en la isla: allí fueron deportados y sometidos a trabajos forzados decenas de cubanos, entre ellos el periodista Juan Gualberto Gómez y el futuro presidente Alfredo Zayas. Trabajaban en las canteras y vivían en la fortaleza del monte Hacho, en cuya cuesta —llamada entonces «calvario de los cubanos»— duermen ahora decenas de migrantes.
Como Marruecos y gran parte de los países africanos, Cuba tiene una larga tradición de emigración irregular. Intentando salir del país —por mar o a través de distintas rutas terrestres— muchos cubanos han perdido la vida. Al igual que el régimen de La Habana, el rey marroquí Mohamed VI ha utilizado la migración como instrumento de presión política contra España. Al igual que los cubanos que llegan a Estados Unidos o a Europa, los africanos reclaman derechos de los cuales han sido privados en sus países de origen.
«Creo que los cubanos podemos entender mejor que muchos pueblos lo que significa emigrar», coincide Socarrás. «Nuestra historia está marcada por personas que han tenido que abandonar su país, en muchas ocasiones incluso arriesgando la vida. Todos conocemos la historia de los balseros y de familias enteras que han atravesado fronteras buscando un futuro mejor. Por eso precisamente intento hablar de este tema desde la humanidad y nunca desde el rechazo al migrante».
No obstante, cuando habla de Ceuta, Socarrás insiste en que «no todos los fenómenos migratorios son iguales». Lo que sucedió el 30 de julio fue, subraya, una entrada «masiva y desordenada» que el Gobierno marroquí atizó, y que ha tenido graves consecuencias para la vida en Ceuta.
Su perspectiva sobre los sucesos que vivió está determinada, admite, por una circunstancia concreta: la de una doctora que forma parte de un sistema de Salud precario en la periferia de España, y que de un día para otro tuvo que asumir «una situación extraordinaria y dar respuesta con los recursos disponibles».
«Puedo tener empatía con quien abandona su país buscando una vida mejor y, al mismo tiempo, defender que la inmigración debe producirse de una manera ordenada, segura y con una respuesta adecuada por parte de las instituciones. Para mí, esas dos posiciones no son contradictorias», resume.
Socarrás se formó como médico en la Universidad de Ciencias Médicas de Camagüey. Se especializó en Neurocirugía y trabajó en el Hospital Provincial y en el Pediátrico de esa provincia. Tras casarse con su esposo viajó a Ceuta y siguió trabajando como doctora. Ahora siente que tiene dos países.
«Cuba es la tierra donde nací, mi tierra. Creo que uno nunca deja de ser cubano por el hecho de emigrar; nuestras raíces, nuestra cultura y nuestra manera de ser viajan con nosotros. Y Ceuta es la tierra que me acogió, donde he construido mi hogar y una nueva etapa de mi vida, y hoy también la siento como profundamente mía».
En sus intervenciones en la prensa española, Socarrás ha insistido en que la situación está lejos de solucionarse. Ceuta sigue siendo el primer titular en cualquier noticiero español y la gestión de la crisis, apenas iniciado el nuevo curso escolar, sigue siendo percibida como insuficiente. Hay 1 400 menores migrantes registrados por las autoridades españolas —se espera que el número aumente— y 23 denuncias por delitos sexuales cometidos presuntamente por cuatro marroquíes, tres españoles y un belga.
La pregunta fundamental sobre la crisis sigue sin respuesta: ¿qué pasará con los miles de migrantes que aún deambulan por la ciudad? Muchos medios han señalado que Ceuta está al borde del estallido social.
Para Socarrás y sus colegas del Hospital Universitario la tarea sigue siendo agotadora. Por vocación y por ley, afirma, tienen que atender a todo el que entre por la puerta del servicio de Urgencias. Necesitan refuerzos y que la situación ceutí, compleja, histórica y llena de matices, se comprenda.
«Haber sido emigrante», dice Socarrás, «no me obliga a considerar que cualquier forma de migración sea equivalente; me obliga, eso sí, a no olvidar nunca que detrás de cada migrante hay una persona».










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