La tormenta después de la tormenta

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Foto: Yoe Suárez
Foto: Yoe Suárez

la_tormenta_después_de_la_tormentaEstos días Baracoa es la ciudad más exhibicionista del país.

Como banderolas obesas, decenas de colchones buscan el sol en las estrechas aceras. Basura, escombros y ramas muertas adornan las entradas de las casas. Igual que los linieros, servicios comunales no da abasto, pero trabajan, y bloquean las callejas, y uno lo acepta como a un cocinero torpe cuando hay mucha hambre encima.

El malecón y las edificaciones tras el recibieron los más fuertes puñetazos de agua y viento:

-Yo estaba en un edificio de mampostería —me cuenta Ramón con los ojos como platos—, y sentía como si alguien diera patadas en las puertas del balcón.

Se acercó a probar el agua: era sal pura. Dicen que las olas alcanzaron cinco metros.

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Foto: Yoe Suárez

Tierra adentro también Matthew se metió: fraccionó como en fichas el puente vía Moa, una ciudad industrial de la provincia de Holguín. Partes prefabricadas tamaño Voltus 5 quedaron como islas en el ancho y calmo cauce del rio Toa.

Las mujeres sacan ropas y las revientan contra las rocas, y los pedazos más lisos del asfalto otrora horizontal.

-Nadie sabe la importancia de un puente hasta que no está –dice añorosa una mujer con tres niños de la mano. Hace la cola para esperar los dos botes o la lancha que cruza al otro lado del río. Dos policías amables se esconden bajo una sombra, y la arena fina y gris de la ribera se le cuela en las botas.

-Y estos, ¿son particulares? –señalo el bote motorizado que trae a unas ocho personas con su bultos a mitad del Toa.

-No –contesta un guardia de bigote encanecido-, son de la empresa Gaviota. Habitualmente les dan paseos a los turistas.

-¿Hay que pagar algo?

-No, es gratis –enfatiza el otro policía, con el sonido de unas buldóceres atrás abriendo paso entre lo que fue una arboleda imponente y Matthew redujo a un laberinto de troncos caídos-. El gobierno lo puso así porque no hay modo de pasar de un lado a otro.

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Foto: Yoe Suárez

Los oficiales se agarran de un tronco, y ayudan a unas señoras con sus muchos bultos. La gente va a Moa y a Holguín a comprar lo que tiene en falta Baracoa: casi todo. Los pasajeros, en fila, se pierden entre el monte ruinoso buscando la carretera para continuar camino.

El paso en la lancha se hace abriendo y cerrando los ojos. Apenas da tiempo para estudiar los pilares mancos que quedan al centro del agua como testimonio de Matthew, el destructor.

-Cuando se cayó sonó como una bomba –rememora el hombre de la patana, secándose el sudor de la media tarde.

Varias mujeres aprovechan para lavar en los ríos culebreros que ahora son anacondas animadas con las lluvias. Una tanqueta Anfibio, ATR, descansa en la orilla a la que vamos junto a la carpa con soldados movilizados ante el desastre. Otros muchachos, con tatuajes por camisas, pegan mandarriazos a restos de hormigón. Buscan las cabillas.

-A quince pesos el metro…hasta yo doy martillazos ahí –suelta un hombre mirando la escena.

Pasaran meses antes de que puedan sacarle provecho al dolor. Y luego del tiempo malo no se sabrá al final si ha valido la pena.

Un murmullo tras de mí se apodera de la cola. Un policía y una mujer me sacan la curiosidad:

-¿Cómo que los remeros están cansados?

-Cálmese señora, dicen que no van a dar más viajes, hay que entenderlos.

-¿Y todos nosotros nos vamos a quedar de este lado?

Y despertó el avispero. Quejas, maldiciones, risas.

-¡Que nos lleven en el Anfibio! –grito alguien, y la gente siguió la rima.

-¡Ahí caben como 50 personas!

-¡Ahí cabemos todos!

Hubo un silencio de espera. Tenso. Un policía bajó a la orilla. Saludo a un militar. Miraron varas veces a la cola. El de verde olivo señaló a un recluta, y al poco rato el ATR arrancó. Hubo un grito de alegría entre los esperantes.

-¡Las FAR es las FAR! –dijo alguien.

Como un hilillo de agua que vacía un tanque, así anduvo el tumulto hacia la orilla, de uno en fondo.

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