Padre de una niña Z

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Foto: Iris Celia Mujica
Foto: Iris Celia Mujica

Ser padre de una Z no es cosa fácil. Generación Z se les llama a los muchachos nacidos alrededor de los años 2000, por lo que en este caso, mi hija, nacida en el 2013, vendría a ser una especie de Z 2.0. Nosotros, los padres-Z, debemos, todos los días, inventarnos maneras de interactuar con nuestros hijos, que de ninguna forma pudimos heredar de nuestros padres, fraguados con cemento, papel y cartabón.

Existen comportamientos en ellos que nunca nos pasaron por la mente. Ahora vemos cómo nuestros apurados hijos se concentran en la belleza de la tecnología, el apuro de la supervivencia y el cambio de la comunicación entre los seres humanos. Me cuestiono si yo, que fui un niño de jugar en la soledad de mi patio de tierra, con un palo, dos pomos y una soga, hubiera logrado al menos sortear este tiempo con éxito.

Por ejemplo, mi niña, que tiene solo cuatro años, puede darse el lujo de ir al baño mientras corre un muñequito por la pantalla de la computadora (incluso del televisor con cajita digital), con un simple:

—Papito, dale pausa (o graba), que ahora vengo.

En mis tiempos, en alguno de los reestrenos de Voltus 5, yo hubiera tenido que elegir entre orinarme en los pantalones, o perderme la Estrella Ultramagnética, o lo que era el cataclismo de mis diez “guajirosos” diez años, ¡la Espada Láser! Seguramente me hubiera hecho pis encima, si no hubiera tenido una vejiga formada en los 80.

Yo no soy un tipo de jugar en el celular, pero a veces me entretengo un poco en eso. Y les digo, no hay que subestimar el nivel 25 de un juego donde parece simple que una ranita se coma un caramelo: yo, que gané la Olimpiada de Matemática de 1996 me he rendido; sin embargo, cuando me embullo a continuar con el juego, en medio de alguna reunión del sindicato, veo que la niña va por el nivel 50… de la segunda temporada. ¿Cómo lo hace? Sinceramente, no lo sé. Pero el tema es que lo logra con una facilidad increíble, como si en sus genes hubiera venido ya codificada esta habilidad.

Y no es que mi niña sea una súper genio, casi todos los niños que ahora mismo pueden deslizar sus dedos por un móvil o un Tablet pueden hacerlo. No se dan por vencidos, su pensamiento lógico se agudiza, buscan soluciones simples que uno no vio; por eso también pienso que los pequeños que no tienen la posibilidad de interactuar con las nuevas tecnologías (que no son los menos) están en una franca desventaja, ya no solo intelectual o docente, sino también social, porque el mundo avanza, inexorable, en esta dirección.

—Papi, ¡lo logré! —me dice, mientras pienso en que, no soy tan inteligente nada.

La niña pasa más de cuatro horas al día pegada al móvil, la tableta o la laptop. Lo que más le gusta es jugar, obviamente, pero también explora el Office y hasta el Zapya, a ver si he descargado algo nuevo para inaugurarlo ella. Me pregunto qué pasará cuando descubra la inmensidad de Internet. Me pregunto qué pasará cuando todos los Z la descubran.

Sí, soy culpable de no cumplir con el “Educa a tu hijo”. Y también soy culpable de tener una criatura que nació en una familia de tres patas, donde muchas veces no queda tiempo para otra cosa que no sea buscar sus frijoles; y es entonces cuando los brazos de todos estos aparatos la reciben y la calman… muchas veces, hasta la duermen.

Tampoco quiero soltarla a la deriva del barrio, de la música que resuena estruendosa en cada azotea, de la violencia tatuada en los hombros y en los pechos de la gente, y de las niñas que “ya saben más de la cuenta”. El reto, claro está, es sacar tiempo de donde no hay, y hablar, compartir, y jugar con ella. Ningún niño se resiste a eso.

Por lo pronto yo he decidido aprender más de ella como humilde hijo de los 80, de Voltus 5 y del parchís. Y fabricar el tiempo, manufacturarlo, para que ella no se entere que un día, hace mucho tiempo, un frío celular le sirvió de nana.

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