
José Manuel Carreño fue un prodigio que se consagró leyenda. Durante 25 años enamoró a quienes lo vieron bailar: cuando pisaba un escenario lo demás dejaba de existir, con cada elevación, balanceo, salto y pirueta borraba momentáneamente hasta las ideologías políticas. Hoy dice, con modestia, que es instructor.