«No vuelvas», me decían a diario los amigos reales y virtuales. No es fácil sentirse parte en un país exiliado de sí mismo, pero aquel era el sitio donde seguían cobrando vida todas nuestras historias.
Quizá, sin quererlo, yo había sido parte durante algún tiempo de esa migración que azota Cuba, ese país querido y entrañable que también se ha convertido en el país de las ausencias.