De mago en la ciudad a carpintero en el campo

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Foto: Amaury M. Valdivia.
Foto: Amaury M. Valdivia.

Miguel Ángel Pérez nunca quiso compartir los secretos de la carpintería con su hijo Ángel Abraham. “Es que este es un trabajo muy peligroso, cualquier descuido te cuesta un dedo o una herida bien fea”, explica mientras nos acercamos al portalón donde habitualmente pintan los muebles confeccionados en el taller familiar. Allí, Ángel Abraham prepara el sellador que aplicará a varios sillones recién terminados. A esos muebles los hizo él mismo “desde cero”, aunque comenzó a adentrarse en el oficio de carpintero hace apenas unos meses.

Por Amaury M. Valdivia Fernández

“Mi hijo tiene buen ojo y pregunta mucho”, dice Miguel Ángel con orgullo. El afecto es grande porque Ángel vivía en la ciudad de Camagüey, terminó sus estudios de preuniversitario y se tituló como mago; pero a contrapelo de lo que podría esperarse decidió hacer su vida en el campo.

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Foto: Amaury M. Valdivia.

“Él bien que pudiera estar en cualquier hotel ganando en dólares, pero prefirió venir para acá conmigo y dominar un oficio que siempre va a hacer falta, porque mientras hayan palos en el monte se podrá hacer aunque sea una escoba, y la gente lo va a necesitar”, se extiende el padre.

Ángel lo escucha en silencio, como sopesando cada palabra de quien le revela las mañas para ganarse el sustento. A primera vista, el aprendiz de mago convertido en carpintero no parece alcanzar los 21 años que ya acumula ni tampoco que haya tenido tiempo para estudiar, pasar su servicio militar y hasta trabajar como tornero en una empresa industrial.

“He vivido siempre en Camagüey (la capital provincial, unos 35 kilómetros al sur del lugar donde conversamos). Allí está mi mamá, pero yo quise venir para acá con el viejo; ‘meterme en el monte’, como dicen, para llegar a ser un buen carpintero y hacerme de un nombre por mis muebles; que la gente los vea y diga: ‘mira, ese es un juego de mesa o un balance que hizo Angelito’”.

El “acá” de su historia es un pequeño pueblo llamado Vilató, ubicado al norte de la provincia, en medio de la única sierra que se divisa por toda región del archipiélago cubano, la más llana del país.

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Foto: Amaury M. Valdivia.

En Vilató los días transcurren a un ritmo particular, que solo consiguen alterar los pocos transportes que pasan por una carretera cercana y las llamadas telefónicas que llegan al único aparato público de la zona.

Tal vez por eso la mayoría de los jóvenes del pueblo buscan suerte en otros lugares con más oportunidades. Los que se quedan tienen que escoger entre la agricultura, la cría de animales y la fabricación de casabe o manteca de corojo, dos alimentos típicos de la zona.

“¿No te preocupa quedarte sin oportunidades aquí?”, le pregunto a Ángel, mientras lo observo preparar los muebles que esa mañana recibirán sus toques finales.

Sin dejar lo que hace me muestra una cortadura que le recorre parte del brazo izquierdo. “Me la hizo un gajo de marabú el otro día, cuando ayudaba a papi a tumbar la manigua de una finquita que tenemos por allá adentro. Es del carajo. Es verdad que a lo mejor yo estuviera más cómodo en el pueblo, en cualquier otra cosa, pero no está en mí. Uno tiene que ganarse el dinero con honestidad y gracias a la carpintería puedo hacerlo”.

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Foto: Amaury M. Valdivia.

Entonces me cuenta cómo en Vilató su padre y él tienen la ventaja de estar más cerca de los campesinos que venden la madera, un privilegio que no es menor cuando nos enteramos que el Estado solo permite a los pequeños agricultores utilizar o vender hasta 500 pies cúbicos de madera por año; una cifra que no alcanza para satisfacer la demanda de todos los carpinteros y que pone en posición ganadora a los que más cerca estén de la fuente primaria.

Además, si el trabajo es de calidad no importa la ubicación geográfica, pues según Angelito hasta su intrincado pueblo van a buscarlos los clientes, “porque el buen carpintero siempre tiene trabajo, se meta donde se meta”, asegura.

“Pero no abundan los jóvenes que tomen la decisión de hacer su futuro en Vilató”, insisto en objetarle.

“Lo sé, y no se lo critico a nadie, pero yo creo que he dado un buen paso”, afirma. Obviando las recomendaciones de la objetividad periodística confieso mi deseo de que tenga razón.

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